En el año
1874, mientras en Alemania el profesor Ferdinand von Helmholtz se esforzaba sin
éxito por demostrar la existencia real de las ondas electromagnéticas previstas
en las ecuaciones de Maxwell, en una mansión campestre cercana a Bolonia nacía
un niño, fruto de la unión entre el aristócrata Giuseppe Marconi y la rica
heredera irlandesa Annie Jameson, cuya familia poseía una de las destilerías de
wisky más importantes del Reino Unido.
El chico nunca fue un buen estudiante, arropado entre los
algodones de una clase social que en el último cuarto del siglo XIX aún
mantenía intactas sus prerrogativas, no tenía motivos para preocuparse por su
futuro, sobradamente asegurado por sus apellidos y por las extensas propiedades
que su padre poseía en el norte de Italia.
Guillermo Marconi recibió de preceptores particulares la
educación adecuada para convertirse en un correcto y ocioso caballero, que
debería estar más preocupado por saberse desenvolver en su círculo social y
asistir de etiqueta al último estreno de Verdi, que en cualquier otra actividad
que representara una ocupación más mundana, y mucho menos si ésta estaba
relacionada con el ámbito académico de una ciencia ejercida por excéntricos
personajes en la oscuridad de sus laboratorios.
Sin embargo, tal vez fue la diosa fortuna quien en 1894
hizo caer en sus manos un periódico con un artículo publicado por uno de sus
vecinos, el notable físico Augustus Righi, que con motivo de la prematura
muerte de Heinrich Hertz, destacaba la extraordinaria aportación de este
hombre, así como los avances en el terreno de las ondas hertzianas que habían
llevado a cabo otros investigadores.
Marconi se entrevistó con el viejo profesor, y consiguió
de éste el permiso para asistir como oyente a sus clases de la universidad
bolonesa. Allí conoció en detalle la teoría electromagnética y las ingeniosas
experiencias que condujeron a su demostración, supo de las pruebas efectuadas
en Inglaterra por Sir Oliver Lodge, así como la existencia del cohesor de
Branly y la antena de Alexander Popoff.
Guillermo Marconi, con sólo diecinueve años, se sintió
profundamente atraído por estos trabajos. Aunque en su fuero interno, el
interés no fuera tanto por el aspecto científico como por las posibles
aplicaciones prácticas de un sistema que en su imaginación intuyó capaz de
enviar mensajes a grandes distancias, sin utilizar las costosas, complejas y
escasas redes telegráficas de la época.
Este mismo año, Marconi adquirió una serie de instrumentos
que le permitieran realizar sus propias pruebas, y para conseguir la
tranquilidad necesaria se trasladó de nuevo a Villa Griffone, la propiedad
familiar que lo había visto nacer, situada en Pontecchio, a escasos kilómetros
al sur de Bolonia.
Guillermo Marconi y la Villa Griffone, donde realizó sus
primeros experimentos
En sus
primeras pruebas ya descartó el Aro de Hertz como posible elemento receptor, ya
que la chispa se perdía a pocos metros de la fuente, y tampoco era visible a
menos que reinara la oscuridad más absoluta. El cohesor de Branly parecía tener
más posibilidades. Marconi aumentó su sensibilidad disminuyendo la cantidad de
limaduras metálicas y acercando los contactos. Acopló también el sistema
descohesor de Popoff, formado por un electroimán cuya armadura llevaba acoplado
un pequeño martillo, que al recibir una señal radioeléctrica golpeaba el
dispositivo receptor para volverlo al estado de reposo.
Mejorando sus montajes, en 1895 ya consiguió trasmitir
señales Morse de un extremo a otro del jardín de su casa.
El trasmisor era un carrete de Ruhmkorff modificado por el
propio Righi que cargaba una “antena” formada por una lámina metálica colgada
de un bastidor.
Trasmisor y receptor Marconi de 1895
En
pruebas posteriores, descartó las antenas de pequeño tamaño para adoptar
radiantes del tipo “Popoff”, cada vez más largos. Utilizó especialmente la que
desde entonces fue llamada antena Marconi, formada por un conductor vertical
que resonaba a ¼ de onda, complementado con una toma de tierra, con lo que las
frecuencias de funcionamiento bajaron a su vez desde los 100 Mhz iniciales
hasta valores inferiores al megahercio. A este respecto, debemos recordar que
en los primitivos trasmisores y receptores no sintonizados utilizados por el
italiano, la frecuencia estaba establecida únicamente por el punto de
resonancia de la antena, los cual depende de sus dimensiones físicas y su
disposición.
En todo caso los cambios fueron positivos, ya que al año
siguiente de iniciar las pruebas pasó de los pocos metros del jardín, a cubrir
la distancia de casi 3 kilómetros, saltando incluso el obstáculo de una colina.
Uno de sus primeros trasmisores
En 1896,
casi a punto de cumplir los 22 años, Guillermo Marconi presentó finalmente su
sistema ante el Ministro de Correos y Telégrafos italiano, pero éste, haciendo
gala de una negación típicamente mediterránea ante la importancia de la
innovación científica, descartó financiar un proyecto de mayores dimensiones.
No sabemos que hubiera ocurrido de aceptar, tal vez el
joven inventor habría corrido la suerte de Alexander Popoff, que en los mismo
años estaba obteniendo mejores resultados que el italiano, pero que nunca pasó
de conseguir un moderado apoyo de las autoridades rusas.
Entonces, viendo que en su país se le negaba el
reconocimiento necesario, tomó la arriesgada decisión de viajar a Inglaterra.
Circuito de un trasmisor y un receptor Marconi de 1896
Al llegar
a Londres, Marconi estableció contacto con William Preece, ingeniero principal
del Departamento de Correos, que después de leer las cartas de recomendación
obtenidas por influencia de la familia de su madre, reconoció enseguida la
importancia y las enormes posibilidades del sistema creado por el italiano.
De esta manera, avalado por Preece, se efectuaron
demostraciones ante diferentes estamentos. Y aunque los expertos militares no
vieron utilidad alguna en un sistema de comunicación con un alcance tan
limitado, después de unas cuantas sesiones públicas efectuadas en el teatro
Toynbee Hall, la prensa británica acabó encumbrando al italiano, calificándolo
de notable inventor de “un cable telegráfico sin hilos”.
En 1897, Marconi consiguió la primera patente de un
sistema de comunicación inalámbrica, y un año más tarde fundó la Telegraph
& Signal Company Limited, dedicada a perfeccionarlo y proceder a su
comercialización.
A partir de este momento el progreso fue fulgurante. Se
aumentó la potencia de los emisores y la sensibilidad de los receptores. En
julio de 1898 se trasladó a Italia y consiguió unir vía radio el barco de
guerra San Martino con la base de La Spezia, a más de 18 Km. Y en octubre del
mismo año consiguió enlazar las ciudades inglesas de Bath y de Salisbury,
situadas a 50 km de distancia.
Se sucedieron las patentes y los records de alcance. En el
aspecto técnico, perfeccionó el cohesor de Branly con una mezcla de limaduras
de níquel y plata, haciendo un vacío parcial para estabilizar la oxidación y
adoptando la típica forma en “V” de las armaduras, lo que permitía ajustar la
sensibilidad girando el tubo del cohesor.
Con todos
los avances, el espacio radioeléctrico, antes sólo hollado por las tormentas
eléctricas, se estaba llenando rápidamente, provocando interferencias. Por
ello, Marconi desarrolló un sistema “sintónico” que permitía diferenciar entre
dos estaciones emitiendo a frecuencias distintas. Aunque una idea similar ya
había sido patentada por el ínclito Oliver Lodge, quien parecía tener la mala
suerte de abrir nuevos senderos que otros atravesaban después con mucha más
rapidez.
En los últimos años del siglo XIX, el panorama de las
comunicaciones inalámbricas se encontraba en plena efervescencia. En 1897 conde
Alexander Popoff instalaba estaciones de radio en buques de la marina del Zar.
En una de las pruebas, el crucero Africa comunicó sin problemas con Kronstand,
a más de 50 kilómetros de distancia. Adolf Slaby, en Alemania, hacía lo propio
con las estaciones terrestres de Juterborg y Berlín, superando este alcance. Y
su compatriota, el científico Ferdinand Braun, que acababa de inventar el tubo
de rayos catódicos, diseñó un circuito de sintonía perfeccionado y comenzó a
investigar con diferentes disposiciones de antenas, a fin de poder aumentar el
rendimiento dirigiendo la energía electromagnética en una dirección
determinada.
Ferdinand Braun y su tubo de rayos catódicos
Otros investigadores estaban cubriendo caminos distintos. En Norteamérica, el excéntrico genio Nikola Tesla, había instalado un laboratorio en la remota región de Colorado Springs y experimentaba con circuitos dobles sintonizados, emisores electromagnéticos de alta tensión y receptores especiales a cohesor rotatorio que multiplicaban en más de un orden de magnitud la sensibilidad de los utilizados en Europa. Mientras tanto, el ingeniero canadiense Reginald Aubrey Fendessen, profesor de electricidad en la Universidad de Purdue, afirmaba que la telegrafía sin hilos era un callejón sin salida, e insistía que el futuro de la radio pasaba por la fonía, por poder trasmitir música y mensajes de voz en vez de depender exclusivamente del limitado golpeteo del código Morse. En sus experiencias de 1899, construyó un estallador de chispas que trabajaba a 10.000 hertzios, consiguiendo por lo tanto que los trenes de oscilaciones amortiguadas fueran inaudibles, y modulaba después la radiofrecuencia generada insertando en la antena un micrófono de carbón.
Marconi no era un hombre de ciencia, su formación fue autodidacta y nunca consiguió título universitario alguno, pero suplía con su sentido práctico la falta de conocimientos teóricos. Tesla, en cambio, era un ingeniero electrotécnico formado en los mejores laboratorios de Europa, enormemente intuitivo y con una inteligencia muy por encima de la media, pero carecía de la cualidad práctica del italiano, lo que se traducía en grandes ideas que pocas veces llegaba a rentabilizar. Fendessen conjugaba un poco las cualidades de ambos personajes, era tenaz y tenía cierta habilidad para los negocios, aunque a diferencia de Marconi, que utilizaba en provecho propio y sin demasiados remordimientos los logros de otras personas, el canadiense parecía querer desarrollar personalmente todos los pasos de sus inventos
Pero
entre los científicos más avanzados en el campo de la radiocomunicación destacó
el hindú Acharya Jagadish Chandra Bose, profesor del Departamento de Física del
reputado President College, de Calcuta. En 1897 había inventado un dispositivo
llamado "bolómetro", capaz de medir ínfimas cantidades de energía electromagnética,
en magnitudes y frecuencias que quienes utilizaban el cohesor de Branly no
podían ni siquiera soñar.
El bolómetro funcionaba mediante los cambios de
resistencia que experimenta la galena, el mineral de sulfuro de plomo, al
sufrir una variación de temperatura provocada por la radiación.
Foto de J.C. Bose y su equipo trasmisor y receptor de
microondas
Pese a
los limitados medios técnicos de la época, Bose experimentó con frecuencias
milimétricas de hasta 60 Gigahertzios, publicando importantes trabajos como
"Determinación de la longitud de onda de la radiación por difracción
Gratting", "Cohesores auto reactivables" o "Acción cohesora
de diferentes metales".
Una de sus principales aportaciones fue el llamado
"cohesor de mercurio", aunque el dispositivo no tenía nada en común
con el de Branly, ya que más bien actuaba como un rectificador primitivo, al
favorecer el paso de corriente en uno de los sentidos.
Bolómetro y cohesor de mercurio de J.C. Bose
En
Inglaterra, Lord Rayleigh adaptó las experiencias de Bose a sus propios
conocimientos en resonadores acústicos, descubriendo que las ondas de tan alta
frecuencia podían viajar con pocas pérdidas por el interior de conductores
huecos. Adelantándose de esta manera a los guiaondas que se reinventarían
cuarenta años después, con el advenimiento del radar.
Retornando a Marconi, en marzo de 1899 consiguió la proeza
de comunicar la ciudad inglesa de Chelmsford con la francesa de Wimereux, a 140
km, atravesando por primera vez las aguas del Canal de la Mancha. En julio del
mismo año retransmitió las regatas de Kingston, y en noviembre hizo lo propio
con la Copa América de vela de Nueva York. Pero, en esta época, sus
preocupaciones eran menos de tipo técnico y mucho más de carácter empresarial.
Las estaciones fijas de su empresa unían ya varias ciudades inglesas, pero una
vez pasado el período de pruebas y a punto de comenzar su explotación, el
estado inglés le recordó que, fuera por cable o por radio, seguía siendo el
dueño del monopolio de las trasmisiones telegráficas, las cuales ya estaba
otorgadas a otras empresas por concesiones administrativas, y que por tanto, la
Telegraph & Signal Company se arriesgaba a acabar ante los tribunales de Londres.
En este aspecto, la compañía ya había sido denunciada por Nikola Tesla, al
considerar que sus equipos utilizaban hasta diecisiete patentes propiedad del
croata-americano, iniciando una larguísima batalla legal que no acabaría a
favor de éste último hasta cuarenta y tres años más tarde.
Guillermo Marconi no se amilanó, siguió efectuando
inversiones en instalaciones y equipos, y para mejorar su capital humano
contrató los servicios del científico John Ambrose Fleming y del renombrado
ingeniero R.N. Vyvyan. Pero viendo que la empresade la que
poseía el 60% de las acciones corría el peligro de quebrar, tomó la
determinación de explotar un campo hasta entonces intocado y fundó la Marconi
International Marine Comunication, dedicada, como su nombre indica, a las
comunicaciones marítimas. Poco antes, había tenido noticias que en las costas
de Finlandia el buque ruso General-Admiral Apraksin había chocado con un bloque
de hielo y sólo la suerte de disponer de una estación de radio a bordo evitó un
trágico destino. Alertando a las estaciones de las islas de Hogland y de
Kutsalo, a 45 km. de distancia, las cuales enviaron un rompehielos a
rescatarlo.
El 1900 la nueva compañía convenció al Almirantazgo
Británico para instalar cinco estaciones de telegrafía sin hilos en las
peligrosas costas de Sudáfrica. Pero Marconi necesitaba urgentemente un golpe
de efecto, realizar una gesta mucho más grande que cualquiera de sus
adversarios, y por ello imitó lo que ya hiciera un compatriota suyo en 1492;
como el genovés Cristoforo Colombo, dirigió su mirada hacia el oeste, porque lo que debía conquistar con sus ondas era nada más y nada menos que las frías e
inmensas aguas del Atlántico.
Continuará...








