James Clerk Maxwell murió en 1879 dejando a toda una generación de físicos con la guinda de las teóricas Ondas Electromagnéticas que había predicho en su tratado. Este mismo año, en Alemania, el médico y físico Ferdinand Von Helmholtz se interesó vivamente por demostrar su existencia, aunque al final, su única contribución fuera establecer un premio para incentivar lo que él no había conseguido.
Se sabe que muchos científicos europeos y americanos se sintieron atraidos con el reto, pero fue un discípulo del propio Helmholtz quien acabé llevándose la palma.

    Heinrich Hertz era miembro de una acomodada familia judía convertida al cristianismo. Estudió en la universidad de Berlín, con profesores de la talla de Kirchhoff y el propio Helmholtz. Se doctoró en 1880, y después de una corta estancia como profesor en Kiel, en 1885 entró en la Universidad de Karlsruhe. 

     Hertz se propuso refutar experimentalmente la teoría de Maxwell, pero como por entonces era un miembro reciente de la universidad, únicamente pudo conseguir un pequeño laboratorio de 12 por 8 metros. Allí dispuso de un carrete de Ruhmkorff de alta tensión. Un transformador primitivo con un bobinado primario de pocas espiras, que era alimentado por la corriente interrumpida cíclicamente por un ruptor. El secundario estaba formado por otro bobinado de muchas espiras que al abrirse el contacto del ruptor generaba tensiones altísimas, de miles de voltios, descargándose en forma de chispas de varios centímetros entre dos contactos en forma de bola dispuestos sobre la propia bobina.

    El primer problema que se encontró fue cómo hacer que dichas chispas se tradujeran en ondas electromagnéticas de una cierta longitud de onda, valor que inicialmente Hertz estableció en 1 metro. Para ello conectó dos conductores horizontales iguales y de corta longitud en cada bola del descargador. En los extremos de los conductores conectó también dos placas metálicas destinadas a que el "circuito" resonara a unos cientos de megahertz. 

Emisor y receptor de Hertz

 

 

 

 

 

 

 

En estos resonadores, no están claramente diferenciados una bobina y un condensador, como en el circuito L-C convencional, sino que ambos elementos están repartidos a lo largo de su estructura. De manera que la frecuencia final tiene que ver con la inductancia de los propios conductores, la cual variará con su longitud y su diámetro, y la capacidad parásita a través del aire entre uno y otro extremo del propio resonador. De hecho, aun sin saberlo, Hertz había creado la primera antena dipolo.

     Como receptor de las ondas que hipotéticamente podrían crearse con su dispositivo, colocó a pocos metros un aro de hilo conductor, orientado transversalemente al emisor, y cuyos extremos se aproximaban hasta una distancia inferior al milímetro.
Una vez dispuestos de esta manera, Hertz conectó las baterías, y al instante pudo observar que también saltaban chispas en los extremos del aro. Posteriormente, repitió la misma experiencia a oscuras, añadiendo un tornillo micrométrico en el aro, con lo que pudo alejar éste mucho más del emisor y continuar observando las pequeñas chispas que se producían.
    Estaba claro que el emisor radiaba ondas de naturaleza electromagnética que se trasmitían sin elementos conductores intermedios, y que el campo producido era captado por el aro receptor que las traducía de nuevo en corrientes eléctricas.
    Con este experimento, la teoría de Maxwell fue plenamente refutada. Hertz reafirmó además que no era necesaria la existencia de aire o de otro medio material para la trasmisión ondulatoria.

    El físico alemán estudió la directividad y polarización de las ondas generadas, pero nunca consideró la posible utilidad práctica de este fenómeno. Su trabajo en el campo del electromagnetismo se completó con otra reformulación de las ecuaciones de Maxwell. Más tarde utilizó el experimento de Michelson de 1881 para negar la existencia del Eter Lumífero, y su interés por la naturaleza de la luz le llevó a descubrir el Efecto Fotoeléctrico, es decir, la pérdida de electrones de ciertos materiales al ser iluminados por radiación ultravioleta.

    Heinrich murió a la temprana edad de 37 años, víctima de una septicemia causada por una muela infectada, pero dejó demostrada una teoría que sería clave en el devenir de la física de los años venideros. En su honor, las ondas producidas por él pasaron a llamarse Ondas Hertzianas, y su apellido dio nombre al Hertzio, la unidad de frecuencia utilizada universalmente.

    En este punto hay que rescatar a dos nombres casi olvidados en la carrera hacia la radio. El primero de ellos es el físico irlandés George Fitzgerald, de quien se afirmó que en 1883, es decir, dos años antes que el alemán, había producido ondas electromagnéticas con las chispas descargadas de Botellas de Leyden. Pero sin duda fue el eminente científico inglés Sir Oliver Lodge, profesor de la Universidad College de Liverpool el más perjudicado por el reconocimiento otorgado a Hertz en exclusiva.

Sir Oliver Lodge






    Lodge hizo público un experimento semejante sólo un mes después del alemán, dándose la desafortunada circunstancia que la presentación se había retrasado este mismo período de tiempo por estar el profesor de vacaciones. Si no hubiera sido por esto, es posible que las ondas Hertzianas recibieran hoy en día el nombre de Lodgerianas.

Continuará..

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