En 1900, en las cátedras de física más
importantes, estaba científicamente aceptado que las ondas hertzianas viajaban
en línea recta, y que por tanto, para que pudieran efectuarse contactos entre
dos estaciones, la suma de alturas de sus antenas deberían al menos superar la
depresión causada por la curvatura terrestre.
En otras palabras, tal postulado no negaba la posibilidad
de utilizar los sistemas inalámbricos para distancias cortas y medias, pero
establecía unos límites teóricos no demasiado optimistas para quienes veían en
esta tecnología el futuro de las comunicaciones a larga distancia.
Y sin embargo, algunos investigadores menos doctos no
estaban de acuerdo. Los resultados de sus pruebas sugerían la existencia de
algún fenómeno muy variable que a veces permitía establecer contactos entre
puntos que se encontraban en esa teórica zona de sombra detrás del horizonte.
La conjetura más común era que bajo ciertas circunstancias
las ondas podían "doblarse" y seguir la curvatura terrestre, aunque
naturalmente, esto implicara contradecir la teoría de Maxwell sobre el
comportamiento de los campos electromagnéticos. En todo caso, la curvatura
impondría una fuerte atenuación que dificultaría poder superar de manera
significativa las marcas de 300 km. obtenidas hasta entonces.
Guillermo Marconi había cambiado varias veces de idea. En
un principio matizó que el alcance máximo de dos estaciones en realidad tenía
relación con el cuadrado de la suma de alturas de las antenas, lo que
"suavizaba" bastante el máximo teórico establecido por los académicos
del electromagnetismo. Pero después se sumó al grupo de los más optimistas. Tal
vez porque para llevar a cabo su mayor reto necesitaba creer en la ausencia de
barreras físicas que limitaran la comunicación hertziana.
En realidad, el italiano se encontraba en una difícil
encrucijada empresarial y precisaba urgentemente dar un golpe de efecto. En
Inglaterra, el servicio telegráfico era estatal, ejercido por empresas privadas
concesionarias, las cuales se revolvieron furiosas y amenazaron con acciones
legales cuando Marconi habló de la posibilidad de enviar mensajes a una
fracción del precio que ellas cobraban.
Marconi estaba convencido que, si llegaba a conseguir
aquello calificado de "imposible" por los académicos, obtendría el
prestigio suficiente para que se le abrieran muchas puertas. Su compañía
conseguiría no sólo monopolizar las comunicaciones marítimas, aún no
controladas por el estado por ser hasta entonces una posibilidad inexistente,
sino también forzar un cambio de legislación que permitiera a los sistemas
inalámbricos, mucho más económicos de instalación y mantenimiento, competir con
ventaja con la telegrafía por cable convencional.
Esta hazaña, en que muchos soñaban en privado pero en la
que sólo él creía en público, era ni más ni menos que enlazar el continente
europeo y americano mediante las ondas de radio.
Para llevar a cabo esta idea invirtió la importante
cantidad de 50.000 libras esterlinas, y las primeras disposiciones fueron el
encontrar los lugares donde instalar sus estaciones. En Inglaterra se eligió la
bahía de Poldhu, en Cornwall, y en Estados Unidos un pequeño pueblo llamado
South Wellfleet, en Cabo Cod, al este del estado de Massachussets, que disponía
de un puerto pesquero suficientemente grande para el atraque de un buque que
pudiera descargar las piezas de la estación. Aunque, a tenor de los vaticinios
de los expertos académicos, la distancia de 4.900 km. existente entre ambos
puntos, más que un desafío, era la quimera de alguien que había perdido la
razón.
En la parte inglesa, el equipo emisor fue montado en octubre
de 1900, y cuatro meses después quedaban instaladas las imponentes antenas que
formaban un círculo de 60 metros de diámetro y 60 de altura, sostenido por 20
mástiles de madera. La parte activa del radiante estaba constituida por un cono
invertido de 400 hilos de cobre, colgados mediante aisladores del círculo
superior, y cuyos extremos bajos convergían en el vértice, en una conexión
única, sobre la propia caseta del trasmisor, situada en el centro de círculo.
El
trasmisor era un sistema de chispa de 25 kilowatios con una disposición
bastante curiosa, que podemos extraer de un dibujo original de uno de los
diseñadores a sueldo de Marconi, el profesor J.A. Fleming:
1) La tensión primaria era suministrada por un
considerable grupo de baterías, las cuales alimentaban un dinamotor, es decir,
un conjunto mecánico formado por una dinamo, actuando como motor de corriente
continua, que a su vez hacía girar un alternador de media tensión.
2) La corriente de salida del alternador era controlada,
posiblemente a través de relés intermedios, por los manipuladores telegráficos,
y seguidamente era enviada a dos trasformadores de alta tensión, colocados en
paralelo para aumentar su potencia.
3) La salida de alta tensión, sobre los 15 Kvolts, pasaba
entonces a través de los choques de radiofrecuencia y excitaba un circuito
resonador convencional ya utilizado por Tesla y Ferdinand Braun, formado por un
explosor de bolas colocado en paralelo con el condensador y la bobina
osciladora.
4) Sin embargo, las similitudes se acababan en este punto,
ya que lejos de conectar la antena en el secundario de esta bobina, la
radiofrecuencia producida atacaba a un nuevo explosor en paralelo con un otro
circuito LC, a cuya salida, ahora sí, estaba acoplada inductivamente a la
antena y la toma de tierra.
El
sistema de dos generadores de radiofrecuencia conectados en serie era cuanto
menos extraño. El motivo de tal disposición se debía sin duda el intento de
lograr una tensión mucho más alta en el condensador del segundo estadio,
consiguiendo una potencia de pico que, aunque brevísima, alcanzaría los 40
megavatios. El propio Fleming ya vaticinó que la cadencia de repetición de
chispas sería baja y muy variable, por las interacciones de ambos circuitos con
la resistencia interna del alternador y la carga de la antena.
Estudios actuales basados en los valores conocidos de los
componentes estiman que esta cadencia oscilaría entre 7,5 y 12 Hz. para el
explosor primario y de sólo 2 o 3 trenes de oscilaciones amortiguadas por
segundo en el secundario.
En cuanto a la frecuencia de funcionamiento, existen
grandes divergencias según las fuentes disponibles. Por entonces, Marconi
guardaba celosamente los datos de sus equipos, como si estos fueran la llave
del éxito o del fracaso en un tiempo en que la base tecnológica de los sistemas
hertzianos seguía siendo extremadamente simple. En el momento de la prueba se
habló de 166 Khz, pero análisis posteriores basados en el tamaño de las
inductancias y las longitudes de antena estiman este valor en unos más
realistas 850 Khz.
En marzo del 1901, una vez acabada Poldhu, Marconi y su
ingeniero jefe Richard Vyvyan viajaron a Estados Unidos para instalar otra
estación casi idéntica en el lugar elegido de Cabo Cod.
En sólo dos meses, sobre unas dunas a las afueras de South
Wellfleet se levantó un edificio de madera donde se instalaron los equipos, y a
su alrededor comenzó la construcción del círculo de antenas. Mientras tanto,
Marconi regresaba a Europa, dejando a su ingeniero al cuidado de los trabajos.
En junio Vyvyan había completado la tarea, pero en su
opinión, la solidez del conjunto de antenas dejaba mucho que desear, y cada día
que pasaba se sentía más intranquilo. South Wellfleet estaba totalmente abierto
a los vientos del Atlántico y los mástiles se doblaban visiblemente cada vez
que la brisa superaba en poco el valor habitual. En agosto, el ingeniero
expresó telegráficamente sus temores a Marconi, citando la conveniencia de
reducir la altura para aumentar la rigidez... Marconi dudaba, ya que ello
afectaría al alcance de la señal, y Vyvyan no tuvo tiempo de insistir; el 17 de
septiembre, un vendaval derribaba la estructura de Poldhu, en Inglaterra, y a
finales de noviembre caía la de Cabo Cod.
La antena de Poldhu derribada por el vendaval del 17 de septiembre, y la misma reconstruida parcialmente
Espoleado por las dificultades, envió a Cornwall a Georges Kemp, uno de sus principales ayudantes, para que instalara una nueva antena entre los dos únicos mástiles que aún seguían intactos. Después cablegrafió a Vyvyan para que buscara en la costa americana una ubicación más cercana a Poldhu, ya que con la nueva antena, cuya forma ya no sería circular, sino plana, temía que la potencia radiada fuera insuficiente para alcanzar la otra orilla.
Kemp cumplió la orden en apenas 10 días, colgando de los dos mástiles 54 hilos espaciados un metro en la parte más alta, y que se unían en forma de abanico sobre la salida del trasmisor.
En cuanto a la nueva estación americana, los mapas les dieron la pista que necesitaban. Aconsejado por Vyvyan, que había regresado a Europa, Marconi recorrió con el dedo el contorno de la costa hacia el norte, entró en Canadá y se detuvo en el punto más cercano a Europa que pudo encontrar. El lugar se llamaba Signal Hill, situado en el extremo más oriental de la isla de Terranova.
Los dos hombres calcularon que ahora la distancia a saltar sería casi 1.500 km. menor que con la anterior localización de Massachussets y por tanto aumentaban las posibilidades de éxito de la prueba, aunque, para este caso, Marconi desechó la idea de montar una estación trasmisora completa, contentándose en trasladar a esta nueva ubicación un equipo formado únicamente por dos receptores y tres tipos distintos de cohesor.
Los equipos fueron instalados finalmente en un viejo hospital militar situado en un acantilado sobre el mar. Y tres días después telegrafiaban a Poldhu para que, a partir del día 11, entre las 3 y las 6 de la tarde iniciaran la emisión continuada de la letra "S" del alfabeto Morse, constituida por tres puntos seguidos.
Para realizar la toma de tierra no tuvieron problema alguno, pero para las antenas ya era otro cantar. Antes de partir de Inglaterra sabían que en aquel remoto lugar no dispondrían de materiales ni de recursos para levantar mástiles de 60 metros, y por tanto optaron por utilizar el viejo método que ya usara Benjamín Franklin en sus experimentos sobre electricidad; una cometa de madera y tela, aunque en este caso sería del tipo Baden-Powell de 2,74 x 2,13 metros, de alta capacidad de elevación.
Por si este método no funcionara por falta de viento, disponían también de unos cuantos globos de hidrógeno de 4,2 metros de diámetro.
En cuanto a la parte "activa" del material, Marconi preparó para esta prueba un receptor primitivo, no sintonizado, semejante al modelo de Alexander Popoff de 1895 pero con algunos refinamientos, como el transformador de impedancia "jigger", del propio Marconi, y otro más moderno, del tipo "sintónico", patentado por el italiano en 1898. Los tres detectores, que podían adaptarse indistintamente a cualquiera de los dos aparatos receptores, eran diseños del propio Marconi; dos verdaderos cohesores de avalancha, uno de gránulos de carbón y otro de polvo de carbón y limaduras de cobalto, y el tercero era un detector-rectificador tipo Italian Navy, basado en el descubrimiento de J.C.Bose sobre la conducción asimétrica de una pequeña gota de mercurio presionada entre dos electrodos.
El día 11, a las once y media de la mañana, hora de Terranova, elevaron una de las cometas con una nueva antena que conectaron al receptor. En este preciso instante, en Inglaterra serían las 3 de la tarde, el operador habría arrancado el dinamotor de la estación de Poldhu y ajustado con la inductancia variable a que la lámpara de incandescencia conectada en serie con la antena brillara al máximo, después, habría cortocircuitado este elemento de control y comenzado pausadamente a emitir series de tres puntos seguidos, con la esperanza que las ondas invisibles saltaran mucho más allá del horizonte y llegaran hasta el comedor del viejo edificio perdido en una ensenada del otro lado del Atlántico.
Sin embargo, por mucho que insistieron, el contacto no tuvo lugar.
El día 12 era jueves, el viento arreciaba aún más en Signal Hill, y después de perder una primera cometa, elevaron otra hasta los 152 metros de altura. Pero, durante la primera hora, el receptor continuó tan mudo como el día anterior.
Hasta entonces habían utilizado el receptor "sintónico", que se suponía más sensible y capaz de separar mejor las señales de radio de las descargas atmosféricas. Entonces, frente a la falta de resultados, Marconi decidió cambiarlo por el modelo antiguo sin elementos de sintonía.
No se sabe cual de los dos verdaderos cohesores estaban usando en aquel instante, pero de pronto, justo pasado el mediodía, el relé descohesor dio un golpe sobre el tubo de cristal, la excitación cundió entre los tres hombres. Se supone que después conectaron el rectificador Italian Navy y tanto Marconi como Kemp pudieron escuchar en el auricular, destacándose débilmente sobre la estática, los tres puntos seguidos de la letra "S". El contacto se repitió el mismo día en dos ocasiones más. Así como una cuarta al día siguiente.
Sin embargo, a partir del sábado 14, fue imposible repetir la recepción.
Las reacciones fueron diversas. Los comentaristas de informaciones generales se mostraron encantados con la noticia, aunque los más entendidos, como Sir Oliver Lodge, no pudieron disimular su escepticismo frente unas evidencias que se resumían a las palabras de "entusiasmo y precipitación" de dos personajes implicados. Tampoco faltaron quienes dijeron que en realidad habrían captado la emisión de algún buque costero o los parásitos causados por una tormenta. En cuanto a la Compañía Anglo-Americana de telégrafos, que administraba el cable submarino tendido desde Inglaterra a Terranova, montó en cólera, y recordó que Canadá pertenecía al Imperio Británico y por lo tanto Marconi había violado los términos de su concesión.
Dos meses después, Marconi regresaba a Inglaterra a bordo del S.S. Philadelphia, y aprovechó el viaje para realizar una serie de experiencias con una antena de 45 metros tendida entre los mástiles del buque.
En esta ocasión, tanto su estrecho colaborador Richard Vyvyan, como un grupo de periodistas e ingenieros independientes que le acompañaban pudieron escuchar claramente las señales de Poldhu, desde 2.800 km. en la noche y 1.300 km. durante el día.
Estudios efectuados por Ratcliffe en 1974 ponen en duda que en aquellos 12 y 13 de diciembre de 1901 se escucharan realmente en Signal Hill las señales Morse emitidas desde Inglaterra. Teniendo en cuenta la distancia, la frecuencia utilizada, las malas condiciones de reflexión ionosférica por estar el sol en su mínimo período de 11 años, así como las peores horas del día en que se efectuaron las pruebas, calculó que Marconi hubiera necesitado mejores antenas, tomas de tierra más eficientes y unos receptores con una sensibilidad entre 10 y 100 veces mayor de los que disponía.
Es probable que las cuatro escasas series de puntos que captaron a lo largo de dos días, fueran en realidad señales aleatorias provocadas por las frecuentes tormentas invernales del Atlántico norte, moduladas por las mediocres características de unos cohesores que no permitían distinguirlas de la baja cadencia de impulsos emitidos por la estación inglesa. En todo caso, a falta de pruebas que desmintieran sus afirmaciones, Marconi dispuso de unos argumentos que le permitieron acallar a sus críticos y reunir más inversiones en torno a un sueño que a partir de entonces ya no tendría final.
En octubre de 1902 se efectuó una nueva prueba para evaluar la viabilidad de una instalación fija en Nueva Escocia. La estación de Poldhu, modificada con un sólo circuito oscilador de más potencia y la frecuencia rebajada a 272 khz. fue captada esta vez perfectamente por el propio Guillermo Marconi, embarcado en el crucero de guerra Carlo Alberto, que permanecía fondeado en el puerto canadiense de Sydney. Y a partir de aquí, en diciembre se inauguraba Glace Bay, equipada con receptores de alta sensibilidad y una potencia media estimada entre los 100 y los 300 kw a la frecuencia de182 khz.
De esta forma, el destello de interés que
un artículo del catedrático Augustus Righi había prendido en un desmotivado
adolescente de Bolonia, se había transformado en sólo siete años en la promesa
de una red de comunicaciones que en poco tiempo uniría todos los rincones del
globo.
Continuará...







